Ojalá yo fuera y tuviera

Leo una reciente noticia sobre un nuevo estudio que concluye que los adolescentes y jóvenes de hoy en día son menos felices que los de hace tan solo unos años.

A juicio de sus autores, la causa de tal “infelicidad” podría estar en el uso de los telefónos móviles y las redes sociales.

Lo argumentan diciendo que este descenso se ha registrado en los años posteriores a la generalización entre los “millennials” de los smartphones y su presencia cada vez mayor en las redes.

Sin rechazar los efectos beneficiosos del uso de estas nuevas tecnologías, que los hay, comparto la impresión de que esté también generando cierto sentimiento de frustración e insatisfacción entre ellas y ellos.

Primero, por aquello de querer tener cuanto antes el móvil de turno, con la siempre justificada razón de que “todos mis amigos y compañeros de clase ya lo tienen” y, después, una vez con él en sus manos, por entrar en un mundo de comparaciones continúas con personas de cualquier lugar cuya vida siempre parece que es mejor que la de uno.

Modelos, cantantes, actores, amigos, conocidos, personas anónimas por doquier… que muestran siempre su “lado bueno” delante de la cámara, y que pueden llegar a generar en la mente del joven aquello de “ojala yo fuera así, ojalá tuviera lo que tiene él”.

Si los tiros van por ahí la solución se antoja complicada porque a estas alturas del partido a ver quien le dice al niño que va a ser la “oveja negra” de clase”.

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Y se armó el belén… un año más

Miro a través de la ventana y veo las calles y centros comerciales engalanados para la ocasión. La Navidad ya ha llegado y se quedará con nosotros hasta casi mediados de enero.

Lo de las referencias temporales del 24 y 25 y 31 y 1 hace años que dejaron de estilarse y desde hace ya semanas, lo queramos o no, el espíritu navideño empezó de nuevo a colarse en nuestras vidas.

No sé si tanto el espíritu de la fraternidad y la bondad para con los tuyos pero sí seguro el del desenfreno comercial.

Y es que no fallamos. Vemos los escaparates tan bonitos y coloristas que no podemos resistir la tentación y sucumbimos a los placeres de la carne… y a los del pescado, marisco, turrón…

Si toda la vida nos ha gustado presumir ante los familiares llegados de otros lares de mesa puesta como Dios manda, qué decir ahora en la que las fotos y selfies por doquier pueden dejar constancia interplanetaria de la cantidad y calidad de las viandas adquiridas para la ocasión.

Sumemos esto a los regalos de Papá Noel y Reyes Magos y la cosa se encarece un pico más. Y es que cómo vamos a dejar al niño sin el ultimo camión multifunción de ‘La Patrulla Canina’ o al niña sin la muñeca de Lady Bug que corre, salta, pedalea y te canta el “Despacito” en versión Justin Bieber, aunque nos cueste la extra de diciembre y casi las consecutivas. La ilusión de un niño no tiene precio, o eso nos han dicho siempre (antes los del Corte Ingles, ahora los de Amazon).

Mejor no sacar la calculadora y echar cuentas porque nos iba a amargar las fiestas y para eso ya llegará enero con su famosa cuesta y nos tocará subirla a todo hijo de vecino.

Por el momento, y como diría Maluma…

¡Felices Fiestas a los cuatro, o más si procede!

Alabado sea el Señor

Ojo, contiene “spoilers”

Las series de televisión, como todo en esta vida, te pueden gustar por una y mil razones. Su trama, la ambientación, los protagonistas… A cada cual le llama la atención algo que hace que la elija entre las miles de posibilidades que hoy en día habitan el universo seriefilo.

A un servidor le gustan cada vez más las que consiguen crear unos personajes que su sola presencia y forma de comportarse te hacen “engancharte” a ellas. No es fácil que ocurra porque son mayoría las series que tiran de esterotipos y “clichés” de manual para dar vida a sus personajes pero cuando encuentras una que va “contracorriente” no hay que dejarla escapar.

Me ha sucedido recientemente con Preacher. Sabía de su existencia meses atrás pero no me había animado en un primer momento porque el argumento de la misma no me llamaba la atención. ¿Aventuras y desventuras de un trío formado por un cura, una delincuente y un vampiro en un pueblecito de la América profunda…?

Al final lo hice y aunque veía, capítulo tras capítulo, que la trama no despegaba  y el ritmo era lento y desalentador, todos y cada uno de los habitantes del  pueblo texano de Annville eran el mejor reclamo para no desistir en el intento. Desde el ‘robaplanos’ continuo del vampiro irlandés adicto a todo tipo de sustancias estupefacientes hasta la pareja de ángeles con nombre imposibles, pasando por el joven con la boca como un… o el cacique sin escrúpulos de la zona. 

La primera temporada acabó con un final de traca, nunca mejor dicho, y dijimos adiós a muchos de estos personajes, pero la segunda ha ganado enteros al centrar la atención en las andanzas del trío protagonista por otros derroteros, desatascando así una línea argumental plomiza y primando la acción y el desenfreno. Sangre, sudor y alguna lagrima.

En su búsqueda del mismísimo Dios, Jesse, Cassidy y Tulip se encuentran en su salsa y se nota. Original,  retorcida, con diálogos brillantes y una banda sonora de altura… ¿Quién da más?

 

 

El ojo, la bala

Donde pongo el ojo pongo la bala… Viene a mi cabeza esta frase que imagino haber escuchado por primera vez en un spaghetti western de los 70 cuando reflexiono sobre la responsabilidad de los medios de comunicación en la grave crisis institucional, política y social que se vive en nuestro país a raíz del deseo de una parte del pueblo catalán de independizarse del Estado español.

Y me ha venido a la cabeza al entender que los ‘mass media’ tienen un papel decisivo a la hora de formar opiniones y conductas entre el “común de los mortales”.

Si durante meses y meses se reiteran según qué mensajes y se pone siempre el foco mediático en un asunto, lo normal es que se creen bandos de opinión cada vez menos transigentes los unos con respecto a los otros.

Ocurre eso y también que otros muchos asuntos y problemas que nos afectan en nuestro día a día y que realmente condicionan nuestra calidad de vida no se difundan. Recortes en sanidad, educación,  servicios sociales… que más dan ya.

Si hoy vivimos la situación que vivimos con respecto al presente y futuro de Cataluña es porque los medios de comunicación así lo han propiciado… no solo, pero también.

Y hablo de medios de comunicación siendo muy consciente de que detrás de cada televisión, radio o periódico hay un interés económico y político que “mueve los hilos”. Lo que se difunde y cómo se difunde no es gratuito.

De una manera u otra, todos ellos han puesto el ojo, y también la bala (metafóricamente hablando) en Cataluña.

El resultado, lamentablemente, todos lo conocemos.

Bendito cole

Las bicicletas serán para el verano pero los niños no. Me explico, claro que a los peques de la casa les encanta estar de vacaciones, dejar la mochila y los libros abandonados en un rincón de la habitación e intentar hacerse con el mando de la tele para evitar que, por un casual, alguien ose cambiar de canal y quitar Disney Channel o Clan TVE.

A los que no les hace tanta gracia la continua, constante y duradera presencia de los críos en el nido familiar durante los meses estivales es a sus progenitores. Hablaré en primera persona para que sea a mí al que se tache de mal padre pero creo que somos la práctica mayoría los que estamos deseando que llegue septiembre para que los niños vuelvan a las aulas y vuelva también algo de tranquilidad a nuestras vidas.

Las primeras semanas todo va sobre ruedas. Están muy contentos, se entretienen con casi cualquier cosa y hasta hacen el libro de actividades de turno. La cosa empieza a torcerse cuando ya han jugado con todos y cada uno de sus juguetes, se han bañado y rebañado hasta que sus deditos no pueden arrugarse más y se han dado cuenta de que, aunque se han  comprado 100 veces el mismo helado,  nunca les saldrá la etiqueta de ’enhorabuena, has conseguido otro gratis’

Es entonces cuando las quejas, discusiones y el “no porque no” se convierten en la rutina del día a día. Ya nada les apetece, gusta o parece bien y no saben qué hacer con su vida.

Los padres, por su parte, cada vez tienen menos paciencia y las ganas de jugar a cualquier cosa en cualquier momento se va perdiendo de la misma manera que el bronceado conseguido en los días de vacaciones en la playa.

Así las cosas, la última semana de agosto y los primeros días de septiembre son casi, casi un “calvario” para ambas partes. Lo que vendría a ser ver completo y del tirón el primer Pleno en el Congreso de los Diputados tras el parón estival.

Solución. Vuelta al cole, reencuentro con los amigos y nuevas ocupaciones para que los niños “reajusten” costumbres, horarios y rutinas.

Todos, los padres primero, lo agradeceremos.

Diferentes

A veces ocurre o, al menos, a veces me ocurre a mí. Un película, un libro o una serie empieza aburriéndote soberanamente hasta el punto de desistir en el intento de seguir adelante, pero, tiempo después y por azares de la vida, la retomas, casi a regañadientes, y al final consigue, no solo engancharte, sino convertirte en su más ferviente defensor y llegar casi a la lágrima más sincera cuando llega a su fin.

El último ejemplo que me viene a la cabeza es el de Sense 8, serie USA de ciencia ficción, si consultas la Wikipedia, pero que es también thriller, drama, comedia… y algunas cosas más. Dos han sido las temporadas que han seguido las andanzas de un grupo de ‘sensates’ repartidos por todo el mundo y que, al parecer, no tendrá una tercera, porque cada capítulo le salía por un ojo de la cara a la ya onmipresente Netflix.

La excusa me la creo porque cada uno de los capítulos te desplaza a lugares tan dispares y lejanos entre sí, como Los Angeles, Berlín, México, Los Ángeles, Kenia, India, Londres, Japón… y, claro, los gastos de producción de desplazar a actores y correspondientes equipos no debía de ser moco de pavo.

Caro será pero es una de las grandes bazas de la serie. Independientemente de la historia, la belleza y singularidad de todos estos lugares y sus gentes está perfectamente reflejada, aunque, en ocasiones, todo hay que decirlo, se les haya ido la mano con el recurso de la cámara lenta.

De igual manera, las historias de los diferentes personajes se van entrelazando poco a poco y, aunque a los ocho protagonistas les lleva su tiempo “descubrirse”, algo que lastra bastante, en mi opinión, la primera temporada, cuando lo hacen la serie resulta muy amena y entretenida. Las escenas de acción de los ocho juntos son de las de “palomitas y no levantarse del asiento”.

Pero sobre todo Sense 8 es  un claro alegato de las hermanas Wachowski a favor de “lo diferente”, ya sea si hablamos de sexo, credos, culturas o costumbres. Mientras que los ‘malos’ persiguen y pretende aniquilar a una raza distinta a la humana, los ‘buenos’ ejemplifican de manera positiva todo tipo de opciones sexuales, razas y formas de pensar.

A los que hemos llorado (casi) la cancelación de la serie solo nos queda el consuelo de que nos queda pendiente un especial de dos horas que cerrará la trama y dirá adiós, ya sí definitivamente, a Miguel Angel Silvestre y compañía.

¡Ah, se me olvidaba!… También hay alguna que otra escena subida de tono entre dos y más personas de las que ya no se estilan desde que Sharon Stone dejó el picador de hielo en la nevera.

 

Cualquier verano pasado fue mejor

Llega julio y como animales de costumbres que somos nos disponemos todos a desempolvar las maletas del trastero para empezar a llenarlas con bañadores, bikinis y trikinis por doquier.
También nos puede ir más el turismo rural y de montaña y tirar más de mochila, navaja multiusos y cantimplora.
Lo que está claro es que todos estamos deseando escapar del jefe y la rutina y gastarnos los pocos o muchos cuartos de los que dispongamos en excursiones, chiringuitos y parques acuáticos.
Nos enfadaremos un año más por las caravanas interminables, las largas colas para comprar el helado de tutti frutti o por el señor que baja a las siete de la mañana a la playa para plantar su sombrilla en primera línea de ola.
Todo esto ya lo sabemos pero, como dice el refrán, “sarna con gusto no pica”, y menos con un ventilador y sombrilla de por medio.
También echarán humo nuestros teléfonos móviles por los cientos de fotos y selfies que nos haremos a todas horas, con o sin razón.
Haciendo el castillo de arena, contemplando no se qué flor en el campo, con los niños, sin los niños, con los suegros, sin los suegros, en bañador, con ropa de paseo vespertino…
Cientos y cientos de imágenes que mermarán la memoria del dispositivo móvil en cuestión pero que nos recordarán que cualquier verano pasado fue mejor, o, al menos, nos pilló más jóvenes y con menos barriga.