Ojalá yo fuera y tuviera

Leo una reciente noticia sobre un nuevo estudio que concluye que los adolescentes y jóvenes de hoy en día son menos felices que los de hace tan solo unos años.

A juicio de sus autores, la causa de tal “infelicidad” podría estar en el uso de los telefónos móviles y las redes sociales.

Lo argumentan diciendo que este descenso se ha registrado en los años posteriores a la generalización entre los “millennials” de los smartphones y su presencia cada vez mayor en las redes.

Sin rechazar los efectos beneficiosos del uso de estas nuevas tecnologías, que los hay, comparto la impresión de que esté también generando cierto sentimiento de frustración e insatisfacción entre ellas y ellos.

Primero, por aquello de querer tener cuanto antes el móvil de turno, con la siempre justificada razón de que “todos mis amigos y compañeros de clase ya lo tienen” y, después, una vez con él en sus manos, por entrar en un mundo de comparaciones continúas con personas de cualquier lugar cuya vida siempre parece que es mejor que la de uno.

Modelos, cantantes, actores, amigos, conocidos, personas anónimas por doquier… que muestran siempre su “lado bueno” delante de la cámara, y que pueden llegar a generar en la mente del joven aquello de “ojala yo fuera así, ojalá tuviera lo que tiene él”.

Si los tiros van por ahí la solución se antoja complicada porque a estas alturas del partido a ver quien le dice al niño que va a ser la “oveja negra” de clase”.

Bendito cole

Las bicicletas serán para el verano pero los niños no. Me explico, claro que a los peques de la casa les encanta estar de vacaciones, dejar la mochila y los libros abandonados en un rincón de la habitación e intentar hacerse con el mando de la tele para evitar que, por un casual, alguien ose cambiar de canal y quitar Disney Channel o Clan TVE.

A los que no les hace tanta gracia la continua, constante y duradera presencia de los críos en el nido familiar durante los meses estivales es a sus progenitores. Hablaré en primera persona para que sea a mí al que se tache de mal padre pero creo que somos la práctica mayoría los que estamos deseando que llegue septiembre para que los niños vuelvan a las aulas y vuelva también algo de tranquilidad a nuestras vidas.

Las primeras semanas todo va sobre ruedas. Están muy contentos, se entretienen con casi cualquier cosa y hasta hacen el libro de actividades de turno. La cosa empieza a torcerse cuando ya han jugado con todos y cada uno de sus juguetes, se han bañado y rebañado hasta que sus deditos no pueden arrugarse más y se han dado cuenta de que, aunque se han  comprado 100 veces el mismo helado,  nunca les saldrá la etiqueta de ’enhorabuena, has conseguido otro gratis’

Es entonces cuando las quejas, discusiones y el “no porque no” se convierten en la rutina del día a día. Ya nada les apetece, gusta o parece bien y no saben qué hacer con su vida.

Los padres, por su parte, cada vez tienen menos paciencia y las ganas de jugar a cualquier cosa en cualquier momento se va perdiendo de la misma manera que el bronceado conseguido en los días de vacaciones en la playa.

Así las cosas, la última semana de agosto y los primeros días de septiembre son casi, casi un “calvario” para ambas partes. Lo que vendría a ser ver completo y del tirón el primer Pleno en el Congreso de los Diputados tras el parón estival.

Solución. Vuelta al cole, reencuentro con los amigos y nuevas ocupaciones para que los niños “reajusten” costumbres, horarios y rutinas.

Todos, los padres primero, lo agradeceremos.

Cualquier verano pasado fue mejor

Llega julio y como animales de costumbres que somos nos disponemos todos a desempolvar las maletas del trastero para empezar a llenarlas con bañadores, bikinis y trikinis por doquier.
También nos puede ir más el turismo rural y de montaña y tirar más de mochila, navaja multiusos y cantimplora.
Lo que está claro es que todos estamos deseando escapar del jefe y la rutina y gastarnos los pocos o muchos cuartos de los que dispongamos en excursiones, chiringuitos y parques acuáticos.
Nos enfadaremos un año más por las caravanas interminables, las largas colas para comprar el helado de tutti frutti o por el señor que baja a las siete de la mañana a la playa para plantar su sombrilla en primera línea de ola.
Todo esto ya lo sabemos pero, como dice el refrán, “sarna con gusto no pica”, y menos con un ventilador y sombrilla de por medio.
También echarán humo nuestros teléfonos móviles por los cientos de fotos y selfies que nos haremos a todas horas, con o sin razón.
Haciendo el castillo de arena, contemplando no se qué flor en el campo, con los niños, sin los niños, con los suegros, sin los suegros, en bañador, con ropa de paseo vespertino…
Cientos y cientos de imágenes que mermarán la memoria del dispositivo móvil en cuestión pero que nos recordarán que cualquier verano pasado fue mejor, o, al menos, nos pilló más jóvenes y con menos barriga.

Cosas de la vida

23 de junio de 2011, día antes, día después… acabó una etapa laboral muy importante de mi vida. Dejaba la Consejería de Sanidad y Servicios Sociales de Castilla-La Mancha después de años de intenso trabajo al lado de grandes compañeros y grandes personas.

De todos aprendí mucho, sobre todo, de Fernando Lamata,  un gran referente para mí no solo a nivel profesional sino también humano y personal.

Tras mi marcha no había vuelto a la Consejería y justo seis años después, el 23 de junio de 2017, volví a pisar su salón de actos para el acto de graduación de mi hija Nora. La vida tiene estas cosas.

A mi cabeza vinieron muchos momentos vividos bajo esas cuatro paredes y confluyeron el pasado y el presente llenando de mucha emotividad el momento. Mi hija ya me ha conocido “haciendo noticias solo de enfermeras”, como ella dice, pero no hace tanto las hacía de todo un servicio de salud.

La vida pasa  y poco permanece. Los edificios y el recuerdo de lo vivido.

Por cierto, grandes compañeros y grandes personas siguen trabajando  en el mismo edificio de la Avenida de Francia, número 4 ,de Toledo.

 

¿Quien friega los platos?

Cocinar, fregar los platos, limpiar la casa, hacer la compra… Todas ellas son tareas que han sido tradicionalmente ejercidas por las mujeres y que podía dar la impresión de que ya son compartidas en igualdad con los hombres.
La tozuda realidad nos dice que seguimos muy lejos de la igualdad de sexos, ya que, según el ultimo estudio del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), solo dos de cada diez hombres comparten estas labores cotidianas del hogar con su pareja .
Al parecer, ellos se dedican más a lo que el CIS llama “pequeñas reparaciones de la casa”, es decir, cambiar una bombilla, ajustar el pomo de la puerta, colgar un cuadro…
Lo que está claro es que hay cosas que apenas han cambiado por muchos años que pasen y nos creamos más avanzados que nuestros antepasados.
Nuestros padres, sus padres, nosotros mismos… Ninguno estamos haciendo bien nuestros “deberes” y seguimos fallando a la hora de inculcar entre los más pequeños la equiparación de roles independientemente del género que a cada uno nos viene “de serie”.
Y no es tanto hablar de que a todos por igual nos toca echar una mano para que la casa sea un lugar de convivencia armónica sino cundir con el ejemplo.
Las buenas palabras tienen corto recorrido sino van acompañadas con los actos que reafirman su valor.
¿Habrán cambiado realmente las cosas en 25 años? En nuestra mano está. No en la del CIS.

¿Resistiré?

Me resisto. Cada vez me cuesta más, lo reconozco, pero, por el momento, soy de la especie “pater progenitorum” que NO deja a sus hijos pequeños el móvil en las comidas fuera de casa.

Ojo, cada padre hace lo que estima más adecuado y no seré yo el que imponga doctrina al respecto. Es más, no descarto que en unos meses me suba al carro y mis retoños disfruten de una sesión continua de ‘Pow Patrol’ o ‘Lady Bug’ mientras servidor y señora degustamos del plato de turno sin oír machaconamente frases como “me aburro”, “no quiero comer”, “mi hermano me ha cogido el tenedor”, ¿me puedo levantar?”…

Cuando empiezo a flaquear recuerdo a los padres de antaño y pienso que si ellos sobrevivieron a este tipo de entuertos, teniendo en cuenta que lo eran además de muchos más hijos, los actuales también podemos.

También hay que ponerse algo farruco con el uso indiscriminado de aplicaciones “mágicas” como Youtube Kids y sus cientos de videos de niños y mayores abriendo huevos con regalos sorpresa y /o jugando a las princesas Disney. En esto, como en todo en esta vida, habría que recordar aquello de Aristóteles de que “en el término medio está la virtud”.

Que las nuevas tecnologías están para quedarse está claro y que de ellas podemos beneficiarnos y aprender mucho también, pero a más de uno nos hubiera encantado que viniesen acompañadas con un manual de instrucciones para padres ‘pre-millenials’.

 

 

 

De resaca… navideña

Si el ser humano es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra, el nacido o residente en España seguro que sube la media y con creces. Y si no, que levante la mano el que, pese a haber asegurado en años anteriores que no lo volvería a hacer, se ha pasado tres pueblos estas Navidades con el marisco y el cochinillo, el turrón y los polvorones o con el cava y la copita de después.

Ahora, ya en plena cuesta de enero, volvemos la vista atrás y constatamos que hemos cometido, un año más, los excesos propios de las fechas navideñas. El que no ha sido posible, y mira que lo sentimos, es el de descorchar botellas por doquier frente a la administración de lotería agraciada con el Gordo.

Y es que también es muy cierto aquello de que somos animales de costumbres y si desde pequeñitos nos dicen que el 31 de diciembre hay que comerse 12 uvas, te gusten o no, o que si te portas bien un señor gordo con barba blanca y/o tres señores, con sus respectivos camellos, te traerán varios regalos, pues tú, “a comer y callar”

¿Qué sería de nosotros, además, sin los especiales de Nochevieja de la 1, donde artistas, presentadores y público presente, rebosan alegría y felicidad a lo largo de varias horas, además de estar cargados de buenos deseos para el nuevo año?

Los que también están encantados con el “frenesí” navideño son los comercios de toda índole que ven como sus ventas se disparan en pocos días y pueden hacer su particular agosto desde ya mediados de noviembre cuando te dicen aquello de “vuelve, a casa vuelve por  Navidad”, y si lo haces con los correspondientes paquetes de regalo bajo el brazo, mejor que mejor.

Así somos o así nos hace ser la Navidad. Consumistas, excesivos, previsibles, influenciables… Lo somos y lo seremos porque el año que viene, nos pongamos como nos pongamos, volveremos a la carga. Y es que, ¿a quién le amarga un dulce?