Aquellos maravillosos años…

Una reciente visita por motivos de trabajo a los cines Capitol de Madrid provocó que vinieran a mi mente multitud de recuerdos de una infancia cada vez más etérea y lejana.

Tardes de otoño e invierno haciendo casi interminables colas en la Gran Vía madrileña para ver el último estreno de la temporada destinado al público infantil. Primer fueron las pelis de Parchís o de Disney y después las de ciencia ficción y aventuras “made in USA”, como E.T., Regreso al futuro, Superman…

Todas ellas precedidas de esperas de al menos una hora porque lo de sacar las entradas desde casa vía “online” aún no cabía en la cabeza de nadie.  Esperas siempre endulzadas con la chuche de turno y con la promesa de una visita posterior al Burger King si te portabas bien.

Y tras la espera… la recompensa. Una inmensa pantalla que te llevaba siempre a otros mundos de risas, aventuras y finales felices. No había película que no te gustase. Siempre era la mejor que habías visto hasta ese momento.

Jugaba a su favor el hecho de que mi generación no aún estaba expuesta a la sobreexposición de oferta televisiva y cinematográfica que tienen mis hijos.

Las tardes de sábado y domingo con cine siempre compensaban los madrugones para ir al cole el resto de días de la semana, los deberes y las riñas, con más o menos razón, de nuestros padres.

Son parte de una historia aún reciente que no volverá pero que, sin duda, ha dejado huella en muchos de nosotros. Aquellos maravillosos años…