¿Lo correcto?

¿Qué haces cuando colaboras con una ONG y te enteras de que trabajadores de la misma gastaron dinero tuyo, aunque sea en una infinitesimal parte, para contratar prostitutas mientras supuestamente estaban desempeñando una labor humanitaria en un país asolado por un fuerte terremoto?

Lo primero, lógicamente, es echarte las manos en la cabeza y constatar algo que tu subconsciente sabe pero tu consciente no quiere saber. Personas, buenas, malas y regulares, hay en todos los sitios y también, como no, en organizaciones o instituciones cuyo objetivo es ayudar a los más desfavorecidos.

Una vez asumes lo que ya sabías, el siguiente pensamiento que se te viene a la cabeza es aquel de la “punta del iceberg” o, lo que es lo mismo, decirte a ti mismo aquello de “si no es hemos enterado de esto, todo lo que habrá más y que desconocemos”.

Al mismo tiempo, piensas en los miles de cooperantes que dedican su vida a ayudar a los demás en condiciones  más que penosas y que no se merecen que las pueriles prácticas de unos pocos repercutan negativamente en su labor.

También quieres pensar que si la ONG ocultó a la opinión publica lo que sucedió es porque era consciente de que el descredito que iba a conllevar supondría menos donaciones y, por tanto, menos financiación para esas admirables personas y sus proyectos.

Sabes, piensas, quieres pensar… analizas los pros y los contras y, al final, tomas una decisión. ¿La correcta? Nunca lo sabrás, pero es la que te vale para seguir adelante y pensar que merece la pena seguir confiando en los demás.

 

 

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Ojalá yo fuera y tuviera

Leo una reciente noticia sobre un nuevo estudio que concluye que los adolescentes y jóvenes de hoy en día son menos felices que los de hace tan solo unos años.

A juicio de sus autores, la causa de tal “infelicidad” podría estar en el uso de los telefónos móviles y las redes sociales.

Lo argumentan diciendo que este descenso se ha registrado en los años posteriores a la generalización entre los “millennials” de los smartphones y su presencia cada vez mayor en las redes.

Sin rechazar los efectos beneficiosos del uso de estas nuevas tecnologías, que los hay, comparto la impresión de que esté también generando cierto sentimiento de frustración e insatisfacción entre ellas y ellos.

Primero, por aquello de querer tener cuanto antes el móvil de turno, con la siempre justificada razón de que “todos mis amigos y compañeros de clase ya lo tienen” y, después, una vez con él en sus manos, por entrar en un mundo de comparaciones continúas con personas de cualquier lugar cuya vida siempre parece que es mejor que la de uno.

Modelos, cantantes, actores, amigos, conocidos, personas anónimas por doquier… que muestran siempre su “lado bueno” delante de la cámara, y que pueden llegar a generar en la mente del joven aquello de “ojala yo fuera así, ojalá tuviera lo que tiene él”.

Si los tiros van por ahí la solución se antoja complicada porque a estas alturas del partido a ver quien le dice al niño que va a ser la “oveja negra” de clase”.