La dos “Españas”

Vaya a saber usted porqué pero soy de los que suele estar pendiente de los rankings de audiencia que diariamente se  publican con los programas, series… más vistos de la jornada y a poco que uno se fije llega a la conclusión de que eso de las “dos Españas” que empezaron a debatir intelectuales de todo pelaje  a finales del siglo XIX sigue siendo igual de cierto que dos más dos son cuatro.

Sí, sí, tenemos la “España, verde que te quiero verde” y la “España, tú si que eres guapa y tan lista”. Me explico. Los programas más vistos, semana tras semana, son, por un lado, los “Gran Hermano”, “Sálvame”, “Supervivientes” y demás variaciones “patiovecinales” todas ellas centradas en esa costumbre tan nuestra de “criticar por criticar”, y, de otro, “El Hormiguero” “En tu casa o en la mía”, “La Voz”, “Tu cara me suena”…, que adulan y veneran al invitado o joven talento que pasa como estrella fugaz por ellos.

Pues eso. O nos va la marcha y lo que nos pone es ver como unos y otros se enzarzan en broncas monumentales, ya sea por la comida, una canita al aire o rencillas entre padres e hijos y viceversa, o preferimos creer que el mundo es mejor gracias al encanto y saber estar de los actores, cantantes o políticos del momento

Alguien dijo, uno de estos sabios antiguos que quedan muy bien en las citas, que “en el término medio está la virtud”. Ay, pobrecico mío si levantará la cabeza hoy en día en cualquier ciudad o pueblo de la bella Hispania…

 

 

 

 

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De luto

Casi viudo me hallo después de despedirme, con lágrimas en los ojos, de una de mis series favoritas de todos los tiempos. Yo no soy de los que tiene un “top ten” para todo y también, como no, para aquellas series que te atrapan desde su minuto uno y ya no te sueltan hasta el final, pero si lo tuviera a buen seguro que estaría en una muy buena posición.

Gran desconocida en nuestro país, donde no se ha emitido en ninguna de las cadenas de televisión, llegó a mí por la recomendación de un buen amigo y guía casi “espiritual” en esto de las series y hasta su último capítulo, emitido hace escasos días, ha sabido darme una buen ración de todo lo que es en cada una de sus entregas.

¿Y qué es lo que nos ha ofrecido Banshee a sus fieles seguidores? El resumen simplista sería algo así como “un cocktail adrenalítico de violencia, acción, venganza y sexo concentrado en los escasos metros cuadrados del término municipal de un pueblo perdido en ninguna parte de la América más profunda”

Y sí, tiene muchos tiros, peleas, persecuciones y muertes, pero es mucho más. Es un compendio de buenas interpretaciones en actores para mí prácticamente desconocidos que encajan como un guante en cada uno de sus personajes, empezando por su atormentado y justiciero protagonista.

Es también una producción cuidada hasta el último extremo en la que las imágenes que dan vida a cada escena encierran un mensaje en sí mismas, constituyendo un recurso argumental más, y en la que se juega a la perfección con el ritmo de sus tramas, fluctuando del menos a más o del más al menos para regocijo de los que nos vamos ya sorprendiendo con muy pocas cosas.

Han sido cuatro temporadas que han sabido a poco, pero seguramente las justas para que no fuere perdiendo fuelle y acabará  rota y desdibujada, como tantas y tantas series que no supieron poner el cartel de cerrado a tiempo.

Decimos adiós al sheriff Hood y compañía y lo hacemos como empezamos, sin saber realmente cual es la verdadera identidad de Lucas.

Una simple palabra

Es una palabra, solo una, pero cuando aparece en la vida de un hombre o de una mujer pesa más que una losa. Si nos fijamos en lo que dice la RAE de ella deberíamos incluso desear que se mencione cuando alguien se refiere a nosotros pero la verdad es que no nos hace ni pizquita de gracia.

La primera vez que uno la escucha lo primero que piensa es que no va con él la cosa o, simplemente, que ha sido un malentendido provocado por la falta de atención de la persona que la pronuncia.

“No puede ser”, pensamos, y nos autoconvencemos de que no volveremos a escucharla en mucho tiempo. Craso error el nuestro porque después de esa primera vez, hay una segunda, una tercera… y las que quedan.

Lo queramos o no, as time goes by, como decía aquella famosa canción de la película “Casablanca”, y aunque por dentro nos sigamos sintiendo en el mejor de los casos como unos jovenzuelos, por fuera la cosa cambia.

Y son precisamente los jovenzuelos los que ponen a cada cual en su sitio con solo referirse a nosotros con esa palabra.

Señor/a, ¿me puede decir donde…?

Ponga un político en su vida

En tu casa, en la mía, en la de Bertín… Aquellos a los que solo en unos días volveremos a ver en carteles y vallas de todo el país han vuelto a multiplicar sus apariciones en televisión y no le hacen ascos a nada.

Que hay que charlar un rato con un grupo de niños pre acné juvenil, se hace, que hay que dormir, metafóricamente hablando, con Susanna Griso, se hace, que hay que decirle a María Teresa Campos lo bien que está para su edad, se hace, que hay que marcarse unos pasitos de baile con las hormigas de Pablo Motos, pues ídem.

Y lo siento, claro, por los pobres ciudadanos de a pie que se sientan en un sillón, tras una larga jornada de trabajo, y se encuentran sin desearlo con el líder el partido de turno escalando, cantando, cocinando… , pero también, todo hay que decirlo, por los propios protagonistas de las tan hasta ahora atípicas escenas #pongaunpolíticoensuvida.

Pónganse en su piel. Años y años acurrucados en su “zona de confort”, o lo que es lo mismo, traje, corbata y actos y más actos oficiales y de partido y, de repente se ven inmersos en una vorágine de “tonto, el ultimo” en salir en prime time haciendo de todo y de nada un poco. A saber a qué asesor de comunicación espabilado se le ocurrió.

El único consuelo que les queda es saber que, después del 26 de junio, los “supervivientes” a la cita electoral, podrán volver a su hábitat natural y cualquier ‘selfie’ mañanero será cosa del pasado.

Mucho ánimo que ya queda poco. Para ellos y para nosotros.